sábado, 8 de septiembre de 2012

EL OTRO OJO

Lloraba de un ojo solo. El otro no. Era impasible. Ni el amor derrumbado, ni la nostalgia, ni el viento. Nada. No lloraba.

Cuando lo enterraron le arrancaron este ojo desalmado para no interrumpir la quietud del cementerio.

Lo quemaron y seguía mirando. Lo magullaron con piedras y seguía mirando. Finalmente se presentó una anciana, miró al ojo y le dijo: Soy aquella que en la infancia te dio de beber.

Ahora el ojo descansa, junto a su par, fraternalmente.






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